La cabra, poseedora de riquezas era, y se creía superior a los demás, sin darse cuenta que ella era el ser más despreciable que jamás haya pisado el asfalto de Madrid. Digna de admiración se creía, más solo conseguía inspirar desprecio...
Le llegó la vejez a la cabra, y sola estaba, aunque ella cegada por el resplandor de su oro, no se percató. Cuando esta acabó en una caja de cedro, nadie lloró, pues el insensible no puede inspirar sentimiento alguno.

Gracias por enseñarnos como son los de tu especie.
Adiós.
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